Testimonio
Abril 3rd, 2010
Todavía no sé cuál son los motivos que me han impulsado a escribirte. Mi historia es como tantas otras, una historia de estar por casa, de fin de semana aburrido, de una vida sin objetivos ni ilusiones, pero es mi vida. Me casé muy joven aunque eso sí, por amor. Al principio me sentía muy bien. La vida que se abría ante mis ojos, estaba totalmente coloreada y de un brillo intenso. Todo era una porción de maravillas que se me ofrecía a diario para degustar a mis anchas. Los primeros años transcurrieron por ese bufete libre sin fin, que yo pensaba que nunca se agotaría. Poco a poco, los colores y el brillo intenso fueron tornándose cenagosos y pesados. La intensidad inicial se fue apagando y convirtiéndose en una bruma espesa. Al cabo de cinco años de matrimonio, las expectativas no eran las mismas, las ilusiones tampoco, no existían gustos comunes por nada. Solo había algo que encajaba a la perfección: la rutina.
La mañana que conocí a Ricardo, yo salí a pasear con lo único que conservaba de mi época estudiantil: mi perro. Fui al parque que tengo delante de casa como todos los días, con un buen libro y mi discman con un amplio repertorio de clásica. Me senté, y una vez abierto el libro y seleccionado el primer cd, me dispuse a pasar una horita relajante y tranquila. Al cabo de un rato de lectura, intuí unos ladridos lejanos que no tenían un buen tono. Alcé la cabeza y pude ver a mi perro “Cash” enzarzado con otro perro y un hombre intentando separarlos con un palo. Me levanté rápidamente del banco y salí corriendo hacia el lugar de la escena llamando a mi perro. Cuando estaba llegando, mi perro me vio y salió corriendo hacia a mí, lo cual dio oportunidad a la otra persona de sujetar a su mascota. Al aproximarme para pedir explicaciones, observé a un hombre bastante atractivo, de unos 35 años, barba y pelo rubio y bien vestido que automáticamente al verme, empezó a pedirme todo tipo de disculpas. Ante ese derroche de educación no pude por menos que disculparme yo también y solicitarle que olvidara el asunto ya que no había llegado a mayores. Él insistió en que tomáramos un café al menos como acto de reconciliación social y así fue como nos conocimos y entablamos una amistad que perdura en la actualidad.
De esto han pasado ya tres años, y en la actualidad vivo una segunda historia de amor. Lo sórdido de todo esto que te cuento querida Vanessa, es que no podemos lanzar a los cuatro vientos nuestro amor. El también esta casado y tiene dos hijos además de un cargo importante en un ministerio así que tengo que conformarme con verle dos o tres días a la semana en un piso que tiene en Serrano lejos de miradas indiscretas. En la primera edición de tu página, donde te leí por primera vez, finalizabas el testimonio aconsejando fijarse en lo realmente importante de la vida que es lo que queda en el recuerdo. Te aseguro que eso me llego muy adentro y quizá, por tus palabras, y como acto de rebeldía, te cuente este fragmento de mi vida con él animo de liberarme de alguna manera y gritarlo a los cuatro vientos. Es posible, que algún día de estos cuando el peso de este secreto, haga flaquear mis fuerzas, tenga él animo suficiente para confesárselo a mi mujer y a su madre que vive con nosotros.
Muchas gracias por estar ahí.
Afectuosamente: R.M.H.
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